sábado, 13 de junio de 2026

Los Seises de los Romero

     Es tradición en Sevilla que un conjunto de 10 niños ataviados a la antigua bailen en la catedral en ocasiones solemnes.

    ¿Por qué se llaman "Seises" si son diez? Pensará alguno. Pues al parecer hubo un momento de su historia en que formaban un coro de seis niños cantores. El número de niños cambió y en vez de cantar acabaron bailando, pero el nombre popular persistió.

    La foto que hoy os traigo es de los "seises" de nuestra familia. Mis seis hermanos mayores dispuestos en escalera:

De izquierda a derecha: Fernando (nacido el 30 de enero de 1948), Pedro (10 de diciembre de 1945), Julio (18 de septiembre de 1943), Quique (15 de julio de 1941), Pepe (30 de septiembre de 1939) y Manolo (28 de diciembre de 1937).

    La foto la he recuperado del negativo original con la ayuda de mi hija Irene. Debe corresponder al año 1948, pues Fernando era aún un bebé de unos 4 o 5 meses, y los demás aún llevan jersey. Aunque en esa época aún no se notaba el cambio climático, se ve que no era verano.

    La escalera no es perfecta, pues Pepe ("Pepote" le llamaban) siempre ha sido el más alto, aunque no sabemos si Quique lo hubiera alcanzado si no hubiera sufrido una enfermedad que le impidió dar "el estirón".

    En estos días, los 5 que quedan están sufriendo los achaques propios de su edad. Fernando lidiando con problemas de circulación cerebral, Pedro se recupera de un problema grave en un ojo, Julio próximo a acudir al quirófano para dejar allí un riñón averiado, Pepe también con ciertos problemas de circulación cerebral y Manolo, el mayor, casi impedido, tras una septisemia a la que sobrevivió de milagro. 

    Nuestra hermana Virginia (segunda madre le decimos), se ocupa de visitar y dar mucho cariño a los más necesitados. Eso es una verdadera terapia de amor insustituible y espero que les ayude a superar los malos momentos.

martes, 9 de junio de 2026

Carta de Fe y Esperanza

    Querida familia:

    Hace tiempo que no edito nada en este blog. Ahora que estoy jubilado puedo dedicarle más tiempo, así que he comenzado a revisar recuerdos de la familia, principalmente de mis padres, Manuel y Matilde, que en su día me entregaron mis hermanas Virginia y Matilde. 

    Estoy escaneando algunos para poder ofrecerlos a través de este medio. Espero que los contenidos os interesen y sirvan para establecer lazos de unión familiar, especialmente con los más jóvenes, que son los que más necesitan saber de la historia y los hechos de sus antepasados.

    Estoy rescatando documentos y fotos sin ningún orden ni guía argumental. Tal como van saliendo de una caja de cartón.

    En esta ocasión se trata de una carta escrita por mi madre en 1970, ya que hace mención a su nieto número 11, hijo de Quique, que debe ser Rafael Romero Berraquero, su primogénito.

    La carta va dirigida al director de algún periódico, pero no sé si llegó a publicarse o no. En cualquier caso es de una gran humanidad y refleja muy bien la bondad y la grandeza de corazón de mi madre. 

    Con su letra, clara y redonda de maestra de escuela, dejó por escrito su sentimiento de solidaridad (empatía, se dice ahora) con las madres que sufren por la enfermedad de sus hijos y su esperanza de que algún día tuvieran entre sus brazos a un nieto como el que ella tenía el orgullo de sostener entre sus brazos.





sábado, 13 de julio de 2024

Una postal de cien años

 Querida familia:

   Hace ahora cien años, cinco meses y cuatro días, concretamente el 9 de febrero de 1924, mi abuelo José Zarco Moreno, padre de Matilde Zarco, envió una tarjeta postal desde El Puerto de Santa María donde vivía, a un primo suyo, un tal Francisco García Parra, domiciliado en calle García Sarmiento, en Ubrique, ciudad de donde mi abuelo era natural. Se trataba sin duda de un primo político, pues no coincidía con él en ninguno de sus dos apellidos. El tal Francisco era una persona muy conocida en su pueblo, pues era una especie de cronista oficioso que había proporcionado material abundante para que su amigo, Fray Sebastián de Ubrique (religioso capuchino), escribiera su "Historia de la Villa de Ubrique", publicadas en 1945 (datos tomados de un blog sobre Ubrique).

  En el texto agradecía un "regalito" y se excusaba de la tardanza alegando que había querido esperar a que estuviera lista "la fotografía del niño". ¿Qué niño era ese? Pues su tercer hijo, Manuel, el hermano pequeño de mi madre que sin duda era el destinatario de tal regalito.


El texto dice así:

"Querido primo Francisco

Recibí tu carta y también el regalito para Manuel; lo cual te agradecemos muchísimo; no te he contestado antes esperando la fotografía del niño, pués [sic] aunque la boquita no está muy bien pero el conjunto está gracioso. Encarecidos recuerdos pª la familia y tu los recibes de todos de casa y muchos besitos de Manolito; y sabes te aprecia este tu primo José Zarco Moreno" [con rúbrica sencilla].

  Y en efecto, el tal Manuel es el motivo del anverso de la postal, una fotografía coloreada a mano de un niño de 3-4 años. Por entonces, era costumbre enviar a familiares y amigos fotos "tamaño postal" (que así se siguen llamando) con motivo de felicitaciones, agradecimientos, etc. Igual que ahora enviamos un wasap con la foto de un nieto, pero tardando bastante más.


  Firma la obra un tal Félix Pistoni, de quien nada he podido averiguar.

  Que ¿cómo hemos conseguido este precioso tesoro?

  Pues en una búsqueda en Internet mi hija Irene vio casualmente que en la web de Todocolección estaba a la venta una postal firmada por alguien de El Puerto que se llamaba como su bisabuelo: blanco y en botella.

  Así que tras la difusión del objeto en el grupo de "los Romero" mi sobrino Guillermo, que entre otras muchas virtudes es adalid de cuestiones históricas, promovió una "derrama" vía Bizum para la adquisición de esa prenda, que valoraba su poseedor en 70 €.

  Me puse enseguida en contacto con el vendedor, que resultó ser un vecino del barrio de Bami y aceptó una rebajita, cerrando el precio en 50 €. 

  Lunes 8 de julio, 10 de la mañana, plaza Rafael Salgado esquina Caja Rural. Un "romero" con sombrero de tela color garbanzo (señal convenida previamente) sale al encuentro de un señor de mediana edad que allí esperaba. 

  –El comprador de la postal, supongo– Dice el tratante de antigüedades.

  –El mismo –Le respondo. Y acto seguido, intercambiamos billete por postal y entablamos una breve charla. Me informa que dedica sus ratos libres a buscar en mercadillos de toda la provincia de Sevilla fotos y postales con texto y firma, pues, más allá del valor puramente pictórico, se interesa por la genealogía y sabe que esos datos son muy valiosos para los posibles familiares. 

  Agradecemos a Irene su feliz hallazgo y a los "apoquinantes" su rápida respuesta para que este entrañable recuerdo, ese Manolito Zarco que mira a la cámara con recelo, ese niño tan listo y goloso de quien nos hablaba mi padre y a quien tanto quisimos por su bondad, regrese por fin a la familia cien años más tarde. 

De parvis grandis acervus erit.

domingo, 2 de junio de 2024

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 Querida familia:

    El título de esta entrada no se refiere al número internacional de emergencia: 

    ¡Es que ya somos ciento doce!

    Hace ya dos meses, el 2 de abril de este año, nació en San Fernando de Henares (Madrid) Anya Martínez González, hija de Carlos Martínez Romero y de Melania González Cabañas, biznieta n.º 58 de mis padres y primera nieta de Matilde y Luis.

    Y ha nacido siendo ya tía en tercer grado de los 6 tataranietos de la familia.

Anya con un día de vida
Y aquí vestida para la ocasión

    Y he aquí a la abuela Llille (qué raro me suena llamar así a mi hermana menor), radiante y orgullosa con Anya en sus brazos el 23 de mayo:

Esta es del 23 de mayo
    Y aquí la pequeña familia Martínez-González:
 

    Dicen que se parece mucho al padre cuando nació:    
Llille con Carlos en sus brazos
    Comentaba Llille en el wasap de Los Romero: "En estos días he recordado minuto a minuto los momentos cuando yo tuve a mi hijo Carlos y tanto a mi marido como a mí nos ha hecho revivir esos momentos llenos de emoción y ternura con un amor inmenso, pero con una paz y una serenidad que quizás en aquellos momentos no teníamos".
    Y Virginia contestaba: 
    "Verdad que bonito; mamá me explicó una vez que cada vez que cogía a un nieto nuevo le recordaba a sus hijos pequeñitos".
    El ciclo de la vida. Nosotros moriremos... El amor será eterno. Y de alguna manera seguiremos aquí.

Nihil novum sub sole



    

jueves, 31 de agosto de 2023

Oficial y Caballero

Querida familia:

    Termina ya el mes de agosto, que ha estado plagado de olas de calor y sazonado por una buena ristra de relatos: uno al día.

    Así que con este, que es el tercero de la serie "La Mili del Tío Carlos", me despido de momento y en adelante pondré lo que me enviéis o lo que vaya surgiendo en el devenir de la familia.

    El título de hoy, muy cinematográfico, es apropiado para describir la tercera fase de mi Servicio Militar en la IMEC: las prácticas como alférez (oficial) de Caballería.

    El sable que conseguí en Valladolid me sirvió para poder elegir destino para realizar las prácticas lo más cerca posible: en el Regimiento Ligero Acorazado Sagunto VII [1], que tenía su cuartel en la Avenida de Jerez (Sevilla), cerca de Bellavista [2].

    En julio de 1979 terminé la licenciatura de Biología en la Universidad de Sevilla y en octubre de ese mismo año firmé mi primer contrato como ayudante de clases prácticas. En julio de 1980 me incorporé al regimiento para realizar seis meses de prácticas como oficial, pero seguía haciendo la tesis doctoral en los ratos libres.

Oficial y caballero: 1980 en mi balcón del piso de Peñalara nº 7 (Sevilla).

    El destino era bueno, no solo por la cercanía, sino porque había muchos oficiales y poco trabajo, salvo en períodos de maniobra. A mí me destinaron al escuadrón de Plana Mayor, a las órdenes directas del teniente Medinilla ("tira milla, Medinilla", era su lema en campaña). Un oficial muy experimentado, de la llamada Escala Especial, con más mili que el palo de la bandera, un verdadero profesional. Era el oficial de Comunicaciones y enseñaba a los reclutas todo lo referente al manejo de la radio de campaña. Para controlar a los soldador les decía el primer día: 

    —Jefe contento, indio vivir bien. Jefe no contento, indio no vivir bien.

    Y los "indios" lo captaban a la primera.

Foto de grupo de los oficiales del Regimiento Sagunto VII (1980). De pie, el quinto por la izquierda es el entonces Teniente Medinilla. ¿Dónde está al alférez Romero?

    Cuando terminé con esa labor me asignaron la custodia de las cuadras y picadero. ¡Porque allí sí, allí había caballos de verdad, y no solo vehículos! Claro que la mayoría eran para las paradas y desfiles militares, con jinetes ataviados como lanceros, con uniforme de época. 

Escuadra de lanceros, batidores a caballo con uniforme de gala histórico. Entrenaban durante muchas horas a pie parado para acostumbrar a los caballos a estar quietos en presencia de los carros de combate y de la gente. Al fondo el edificio central del cuartel.

    Otros caballos eran de asignación personal para los oficiales que quisieran montar. Yo, ya puestos, le pedí permiso al coronel para montar a caballo. Solo había dos disponibles. Uno era un gigante negro zaíno llamado Zivikovsky o algo así, un pura sangre de carrera retirado, pero de muy mala leche. Imposible para aprender a montar un novato como yo. El otro era una yegua vieja y dócil que nadie quería por su aspecto poco aguerrido. Esa era mi ocasión. Así que me presenté en la cuadra y ordené que me prepararan los arreos de... Lo siento, no recuerdo su nombre.

    El subteniente a cargo del picadero tuvo la amabilidad de enseñarme lo básico para montar "a la inglesa", con la silla muy adelantada, estribos cortos y dando saltitos para acompañar el movimiento de la cabalgadura. Quedaba algo cómico y era muy incómodo, pues el jamelgo aquel se movía menos que yo, pero por fin logré mi sueño de montar a caballo siendo pobre como era. Ya era de verdad "oficial y caballero".

    No conseguí nunca ponerlo al galope: el animal no daba más que para un trote, más cochinero que equino. Y al entrar en el picadero el subteniente [3] tenia que ponerse en el equivalente a la posición de firme (sin desmontar) y gritar

    —¡Atención, el alférez!

    Se paraban todos los soldados y él me saludaba militarmente y me daba la novedad:

    —Sin novedad en el picadero, mi alférez.

    —Continuad —respondía yo aguantando la risa (la frasecita se las traía).

    Pero aquello era para mí un ceremonial ridículo. Así que dejé de montar pronto, pues no tenía permiso del coronel para salir del cuartel a caballo.

    La cuadra me daba poco trabajo. Solo tenía que procurar que los dos mozos de cuadra no se mataran entre sí. Uno era un canario alto, fuerte y con brazos como palas, palafrenero de dromedarios con los turistas en su tierra natal. El otro era un asturiano bajo, fornido, tan ancho como alto, arriero de mulas en la montaña. Cuando bebían (que era casi siempre) se peleaban a mamporros y tenía que llevarlos a la enfermería: uno con la mano medio rota, el otro con la cara deformada. Lo más curioso es que eran amigos inseparables. A la media hora estaban otra vez canturreando juntos canciones de sus respectivas tierras. Ambos eran analfabetos funcionales.

    Para no parecer un imeco indolente llevaba siempre una carpetilla llena de papeles inútiles, y cruzaba el patio siempre rápido y en línea recta, como si tuviera algo que hacer. En ocasiones frecuentaba la biblioteca del cuartel. Un lugar desierto con escaso interés literario. Me empapé un tratado de Grafología y en el bar de oficiales me ganaba las cañas interpretando la letra de los oficiales. A cada uno le decía lo que quería oír: que si el trazo firme denotaba un carácter fuerte, que si el travesaño de la T era signo de autoridad, y cosas parecidas.

    En las maniobras mi capitán reunía a los oficiales del escuadrón para hacer minas de un explosivo plástico. Se suponía que era para que practicaran los reclutas, pero él decía:

    —Sí, hombre, le voy a enseñar yo a estos a poner bombas, para que alguno sea de la ETA [4].

    Así que montábamos una buena carga, preparábamos la espoleta, la mecha y ¡buuuum! Un hoyo más en el monte.

    Lo más emocionante fue conducir un carro de combate. Un cabo primero que se licenciaba al día siguiente nos llevó al teniente Revuelta (recién salido de la academia general) y a mí a dar unas vueltas por el campo de maniobras.

Vista aérea de las instalaciones del cuartel Alfonso XIII. A la derecha de la Avda. de Jerez estaba el cuartel, más a la derecha el campo de maniobras. Foto: Google Maps.

    El teniente no tenía ni idea y, haciendo honor a su nombre, por poco nos tira al canal del Guadaíra. Yo, según el cabo, lo hice mucho mejor. Era una gozada subir y bajar aquellos monturrios y hacer derrapar el carro levantando una polvareda. El mando era simple: una palanca, pero el freno era bestial, había que pisarlo a fondo con los dos pies. Cada vez que veo una película de la II Guerra Mundial me acuerdo de aquella experiencia... Dices tú de mili...

Sapere aude

Notas:

[1] Unidad militar de larga historia. Por la reforma de Azaña de 25 de mayo de 1931, un regimiento de Córdoba fue amalgamado con el Regimiento Cazadores de Alfonso XII n.º 21, para constituir en Sevilla el Regimiento de Caballería n.º 8, que en 1935 recibió la denominación de Regimiento Cazadores de Taxdirt. La IG 165/142 de 10 de julio de 1965 lo transformó en el Regimiento de Caballería Ligero Acorazado Sagunto n.º 7, integrándose en la División Guzmán el Bueno n.º 2. Con la remodelación del Ejército llamada "Plan Norte" en el año 1995 (30 de junio) fue disuelto y su historial fue entregado para su custodia al RCLAC Lusitania N.º 8, de guarnición en Valencia.

[2] El cuartel tenía un nombre propio, anterior, diferente al del regimiento: Cuartel Alfonso XIII. Sus restos expoliados podían verse aún hasta hace poco tiempo en la Avenida de Jerez.

[3] Un subteniente es un suboficial y, por tanto, de rango inferior al alférez, aunque tuviera 20 años de experiencia.

[4] En los cuarteles había reclutas de toda España: gallegos, asturianos, vascos, catalanes... Y los oficiales desconfiaban de vascos y catalanes por considerarlos a todos separatistas, cuando no terroristas en potencia. Así que lo de disparar pistolas, lanzagranadas, cañones y preparar petardos lo tenían vedado.