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jueves, 23 de julio de 2026

Memoria gráfica de la familia: años 50

    En la década de los años 50 nacimos Virginia, yo (Carlos) y Lola. Fue un período de cambios importantes en la familia. Virginia nació en Pineda, en marzo de 1952, pero yo nací en una casa, también militar, en la calle Jesús del Gran Poder, en abril de 1954.

Principios de 1950. Mi hermana María del Carmen (Nela), nacida el 3 de octubre de 1949 en Sevilla (Pineda).
    El nacimiento de Nela fue una fiesta para una familia de seis hijos varones. 
1951? Fernando y Nela en la azotea del edificio de Pineda (Sevilla).

1951? Matilde Zarco con sus hijos menores de entonces: Fernando y Nela.

Manuel Romero Márquez, capitán de Intendencia. Principio de los años 50.

    De esta foto y del viaje nada sé. Además, la fecha es algo rara, pues Virginia había nacido el 13 de marzo de ese mismo año y tendría casi dos meses. ¿Se quedaría al cuidado de alguien? También es posible que la fecha no sea correcta.

1952. Foto de familia con ocho hermanos. Parece la azotea del piso de Pineda (Sevilla). Quique sentado porque estaba malito.

1952? Matilde con Nela.
15 de marzo de 1953. Matilde con los seis menores, de Quique a Virginia. Plaza de América, Sevilla. Foto dedicada a la abuela Virginia. Hay otra igual dedicada a la tía Carmen. Fechada al dorso.
1954. Foto de familia numerosa con 9 hermanos.

       Y en este momento de la historia familiar aparezco yo por primera vez (el bebé con chupete en brazos de Matilde). Seguramente la foto se hizo en la misma casa donde nací, en la calle Jesús del Gran Poder, en Sevilla. Poco después se produciría la mudanza a Valencina de la Concepción, lo que merece una explicación. 

    Al poco tiempo de mi nacimiento, mi padre, "harto de mili", como se suele decir, decidió acogerse a una ley de paso a la reserva publicada en 1953. Esa ley pretendía reducir el exceso de jefes y oficiales con que contaba el Ejército. Aseguraba unos ingresos mínimos a los que pasaran a esa reserva, pero les permitía ejercer cualquier otra profesión para completar sus ingresos.

    Mi padre era un profesional eficaz y trabajador, pero la eficacia y el esfuerzo en el trabajo en un cuartel de Intendencia generaba a menudo celos profesionales entre sus compañeros y recelos entre los superiores. Él no sabía callarse cuando algún superior le llevaba la contraria sin tener razón y eso lo exponía con frecuencia a alguna sanción o incluso a poder acabar su carrera "en un castillo militar", que era su expresión. Algunos soldados que sirvieron en el cuartel de Intendencia de la Puerta de la Carne, en Sevilla (hoy transformado en la sede de la Diputación Provincial), aún recordaban en tiempos no tan lejanos lo bien que se comía cuando mi padre estaba "de cocina". Otros oficiales posiblemente hurtaban parte de los suministros en beneficio propio o aceptaban corruptelas de comerciantes que ofrecían productos de baja calidad. Mi padre no. Más bien sabía trapichear con los suministros pero siempre en beneficio de la tropa. Lo que no quita que él también se beneficiara de alguno de los trapicheos, que lo cortés no quita lo valiente.

    Lo cierto es que dejó el servicio activo y se vio obligado por ley a desalojar la hermosa casa donde yo nací. Algunos compañeros que también pasaron a la reserva se quedaron las viviendas como ocupas... Pero mi padre era muy legal para todo y un buen día subió sus enseres en un camión y nos llevó a todos a unas habitaciones alquiladas en casa de "la Señora Reyes", situada en la calle José Solís nº 9 de Valencina de la Concepción. En Sevilla había un déficit de vivienda en aquella época y resultaba caro y difícil conseguir un alquiler barato para una familia que por entonces tenía ya 9 hijos.

Dorso de mi primera correspondencia, una postal enviada por mi padre desde Vélez Málaga, fechada el 5 de octubre de 1954, cuando yo aún no había cumplido los 6 meses de edad.

    Una de las habitaciones había sido cuadra antes de ser readaptada para los humanos. Pero el caballo no entendía de apaños ni alquileres, y tenía la querencia de entrar allí siempre que podía. No había baño ni nada parecido, pero sí un pajar y estercolero donde reciclar la materia orgánica de forma "ecológica" aunque apestosa. 

    Yo llegué allí con meses y cumplí allí mi primer año de vida. Aquel fue el escenario rural de mis primeros pasos. Mis hermanos adolescentes vivieron allí sus experiencias más emocionantes, como montar a caballo, cazar con tirachinas o flirtear con las mozas del pueblo. Pero los mayores tenían que ir en autobús al Instituto San Isidoro de Sevilla.

    Mi padre, para poder mantener a la familia, se puso a trabajar como viajante de comercio para una tienda de aparatos de radio llamada Garibay, de origen vasco, situada en la calle O'Donnell de Sevilla. Cargaba con los pesados aparatos de entonces viajando por los pueblos de Andalucía siguiendo una lista de posibles clientes. Dormía en modestas pensiones y cuando vendía algún aparato era muy feliz.

1954-55? En el centro, mi primo Ramón Zarco, a su derecha mi hermana Nela y a su izquierda mi prima Mari Carmen Zarco. El Puerto de Santa María.

1955. Empezando por la izquierda: Virginia, Mari Carmen Zarco, Nela, Ramón Zarco, Fernando, Pedro, Julio y Quique. El Puerto de Santa María.

Telegrama de Granada fechado el 10 de enero de 1956.

    El telegrama fue enviado por tío Antonio desde Granada y el mensaje es lacónico: "MAMA GRAVE PONTE EN CAMINO". La dirección está mal escrita, pues la calle que pone es "Jose de Gomara dos...". Pero los carteros de entonces eran unos profesionales muy buenos y lo llevaron a la calle correcta: López de Gómara".

    Al día siguiente, mi padre envió otro telegrama desde Granada, esta vez bien dirigido, anunciando el fallecimiento de la abuela Lola.

    Por la fecha y la dirección sabemos que ya en 1955 nos habíamos mudado al piso de la barriada de El Tardón (Sevilla) donde transcurrió gran parte de nuestras vidas. Allí cumpliría yo los dos años en abril de 1956. Y allí nacerían mis dos hermanas menores: Lola (Lolina) en 1958 y Matilde (Llille), ya en 1960.

Foto moderna de la calle López de Gómara (número pares). La flecha señala el balcón del número 2, 3º D donde vivíamos. 

1957? Con las riendas el autor de este blog, que ya se ve iba para Caballería. Detrás Virginia a la grupa y Nela de pie. Creo que es en El Puerto de Santa María. El color es artificial.

1958? La abuela Virginia paseando a cinco nietos en coche de caballos. Detrás, Virgina y Mari Carmen Zarco, yo en el centro y en el pescante mis primos José (el menor) y Ramón (Moncete). El Puerto de Santa María. Color artificial.

Posiblemente años 50. Mi abuela Virginia (centro izquierda) y demás profesores de la Academia de Bellas Artes Santa Cecilia (El Puerto de Santa María).

    A la derecha de Virginia creo que está su prima Mercedes, que también dio clases en la Academia. Y en tercera fila, a la izquierda, está mi tío Ramón Zarco Hernández, profesor de violín.

    Y de momento, esto es todo lo que tengo de la familia en los años 50.






jueves, 10 de agosto de 2023

Virginia cuenta juegos de su infancia

 Querida familia:

    Seguimos con la serie de relatos de Virginia y en esta ocasión tenemos sesión doble. Dos narraciones cortas sobre su infancia en las que explica a sus nietos cómo jugaba en los sitios donde vivió.

Virginia en Valencina

Querido Diego:

    Yo tendría más o menos tu edad [1] cuando llegué a Valencina, un pueblecito de Sevilla. Me encantó, porque tenía cerditos, y gallinas.

Vista parcial de Valencina de la Concepción (Sevilla)

    Yo, cuando ellos salían a pastar me metía en su casita a jugar y lo pasaba estupendamente.

    Teníamos que hacer pipí en el corral y las gallinas nos picaban en el culo y salíamos corriendo, mis hermanos y yo.

Virginia en El Tardón

Querido Ariel:

    Cuando vivíamos en El Tardón [2], éramos 9 hermanos. Allí nacieron las titas Llille y Loly.

Vista de El Tardón: principio de la calle López de Gómara, donde vivíamos [3]

    Cuando celebrábamos algo hacíamos guerrillas, nos cubríamos con las sillas y nos lanzábamos zapatos unos a otros, hasta que a mí una vez me hincharon el labio y mi madre ya prohibió esas guerrillas.

    Teníamos que jugar a las camitas, a las cartas… Cosas tranquilas. 


Locus amoenus

Notas:

[1] Entre dos y tres años, creo.
[2] Eso fue a partir de 1956.
[3] La flecha roja señala el balcón de nuestro piso, en el nº 2, 3º D. Es una imagen reciente. Al principio, la zona arbolada junto a los bloques era mucho más ancha y tenía dos filas de árboles y espacio para aparcar en zona de albero que se encharcaba con frecuencia.

sábado, 5 de agosto de 2023

Pedro en el cole

Querida familia:

Hoy os traigo un primer relato sobre la infancia de mi hermano Pedro. No hay audio, solo texto compartido por wasap.

Mis primeros estudios:


    A modo de preámbulo, os contaré  mi primeras experiencias escolares. 


    Se remontan creo que a Pineda [1], que por cierto me duraron muy poco. Yo calculo menos de un mes. Era el curso 1952/53, con lo cual tendría 7 años. 


    De ahí conservo esta foto:



    La efímera estancia, hizo que no me enterara de nada de lo que explicaba el profesor, con lo cual me distraía con cualquier cosa. 


    Mi compañero Elías, me parecía encantador, y un día le di un beso en la mejilla. El profe, me hizo subirme en la mesa para dar un discurso sobre el tema en cuestión. 


    Para colmo de su desesperación, usaba un lápiz para darle mayor énfasis a sus palabras, con lo cual yo lo imitaba con el dedo.... para qué seguir...


    Días después, según recuerdo, un profesor le dio un cachete a uno de mis hermanos. Me contaron en casa que papá fue al colegio, le pegó un guantazo al maestro y nos quitó a todos del cole [2].


    Pasando a Valencina, un día estaba jugando en la plaza, cerca de la farmacia y se  acercó un señor bien vestido (que por cierto era farmacéutico y maestro a la vez) y me dijo:


—Niño, ¿que haces que no vas a la escuela? 


    Y le conté que prácticamente nunca había ido. Me dijo que fuera el día siguiente y si hacía falta hablaría con mis padres. 


    Así lo hice, pero no me enteraba de nada. Los niños estudiaban en el libro Álvarez [3]. Tuvo la paciencia, este señor, llamado D. Francisco, de comenzar con las vocales y demás letras en una cartilla de primaria, y me enseñaba durante el recreo. 


    Creo que allí se acabó mi pequeña historia escolar, pues el curso estaba próximo a terminar. Por ello supongo que sería nuestro segundo año allí. 


    Me gustaría agradecer a los descendientes de D. Francisco esta labor. 


    Próximo capítulo: Aventuras de caza con mi hermano Pepe y las salidas al campo con los mellis y el tío Juan.


Litterarum radices amaras, fructus dulces


Notas.-


[1] Barriada de viviendas militares situadas en el Distrito Sur, al este de la Avenida de Jerez. Aún existente, pero algo abandonada por el Ministerio de Defensa y el Ayuntamiento de Sevilla.


[2] Esta actitud —que hoy día estaría tipificada como delito—requiere la explicación de un importante atenuante. Mi padre fue nombrado maestro nacional por el gobierno de la Segunda República y, por educación y por estricta normativa, les estaba absolutamente prohibido a los maestros que maltrataran a sus alumnos. Tras la Guerra Civil, mi padre no consiguió que lo restituyeran en su puesto de maestro, a pesar de solicitarlo en varias ocasiones, incluso alegando haber luchado y haber recibido dos heridas de guerra en el bando de Franco (los autodenominados "nacionales"). Pero los ministros de Franco abominaban de los nombramientos realizados por la República. Es comprensible que mi padre, por aquel entonces militar profesional, no tuviera ninguna simpatía por los maestros franquistas, y menos iba a tolerar que abofetearan a sus hijos. Ese es uno de los motivos del retraso que hemos sufrido todos a la hora de ser escolarizados. El otro motivo era la falta de colegios públicos y el tercero la desconfianza que tenía mi padre en los curas y las monjas.


[3] Enciclopedia Álvarez. Seguramente sería el volumen llamado "Segundo Grado", destinado a niños entre 7 y 12 años. Estuvo en vigor entre 1954 y 1966.

miércoles, 2 de agosto de 2023

Pedro en Valencina

    Hoy le toca a mi hermano Pedro rememorar su estancia en Valencina de la Concepción, siguiendo con el tema que inició Julio hace unos días. En esta ocasión no tenemos audio, solo el texto compartido por wasap.

Memorias de Valencina.-

    Cuando llegué a Valencina, tras el nacimiento y bautismo de Carlos, tenía 9 años.


    El traslado se hizo en un camión de carga tipo Ebro o similar. Mis hermanos mayores me contaron la "odisea", por esas calles estrechas.


    Lo primero fue un disgusto por la pérdida de una planta (petunia o similar), que había plantado desde su semilla. Me dijeron que se la había comido un cochino —al parecer se habría aplastado con tantos enseres.


    Tras el disgusto, me encantó aquello, aunque no sería confortable. Una cuadra de menos de 30 metros cuadrados para nueve o diez personas.


    Mis hermanos me dijeron que al entrar el cemento, recién echado aún, no había fraguado y creo que había señales de pisadas.


    La cercanía del campo, el burro, los caballos y un perrito canela, en un chamizo cercano, y entre los dos establos, un estercolero para las necesidades.


    Aún así, todo se veía en positivo. Me había encantado.


De izquierda a derecha: Virginia, Mary Carmen ("la de El Puerto"), Nela, Ramón (alias Moncete), Fernando ("Nani"), Pedro (9 o 10 años, creo), Julio y Quique. Seguramente durante una estancia veraniega en El Puerto. Creo que Julio va vestido de "flecha".


    Una anécdota de mamá, la recuerdo aún:


    —Estos niños de por aquí, sobre un montón de estiércol, con la cara de buen color y tomándose una tostada de manteca colorá. Ojalá mis hijos estén pronto así.


    Años después, nos decía que fueron los años de menos enfermedades para nosotros. Por la noche, todos juntos, salvo los padres, en una cama o similar y una cortina dividía ambas zonas.


    De los dos años que pasamos allí, tengo que contar varias aventuras y anécdotas. También los varios años después que me iba con la Sra. Reyes.


    Un abrazo a todos [continuará...]


Beatus ille...

lunes, 31 de julio de 2023

Mi primera postal

 Queridos lectores:

    En los relatos de mi hermano Julio que preceden a este, ha salido a colación la estancia de nuestra familia en Valencina de la Concepción, en el El Aljarafe sevillano, durante los años 50 del pasado siglo.

    En mi comentario a la historia del caballo Ruano hago una discusión sobre las fechas concretas de nuestro particular "exilio" fuera de Sevilla. Hoy, repasando algunos documentos de mi carpeta "Familia Romero Zarco" he visto una reproducción de la primera postal dirigida a mi nombre de la que tengo constancia y que arrojan algún dato de interés.

Anverso de mi primera postal: vista de Vélez Málaga (Málaga), años 50.

    Por su interés para la pequeña historia de esta gran familia, reproduzco a continuación el contenido del reverso:

    "Málaga, 3-X-54

    Querido Carlitos:

Hoy he estado en Vélez-Málaga y he vendido dos aparatos [1]. Mañana domingo 3 D. m. [2] iré a Loja si puedo y el 5 a Antequera. Estoy aligerando a ver si te veo pronto. Depende de las combinaciones que tenga. He justificado ya [3]. 

    Besos a tus hermanitos y mamá con un abrazo y mil besos de tu papá.

Manolo

P.D. Que os convide mamá a mi cuenta."

Reverso de la postal

    Hay que destacar que en el destinatario aparece nuestra dirección en c/ José Solís nº 9 de Valencina, lo que confirma que ya estábamos allí en octubre de 1954 y que posiblemente nos mudamos en verano, cuando yo tenía entre 2 y 4 meses de edad y Julio iba a cumplir los 11 años en septiembre.

Notas explicativas:

[1] Se refiere a dos aparatos de radio, pues en esa época mi padre complementaba su menguada paga de militar en la reserva con las comisiones que obtenía vendiendo aparatos de radio de pueblo en pueblo, trasladándose en autobús y cargando con varios aparatos que eran realmente "aparatosos", además de su equipaje.

[2] "D. m." es abreviatura de "Dios mediante". Mi padre no solía pisar la iglesia, pero tenía un sentimiento religioso sincero y profundo, y siempre usaba esa frase cuando se refería al futuro.

[3] "He justificado ya". Quiere decir que ya había amortizado el coste del viaje con los dos aparatos que había vendido y había obtenido una mínima ganancia que lo justificaba.

Docendo discimus

jueves, 27 de julio de 2023

El caballo Ruano

Querida familia:

    Os presento en esta ocasión otra historia narrada por mi hermano Julio que se refiere a una de sus aventuras infantiles, y que tiene como protagonista a un caballo llamado Ruano, seguramente —aunque Julio no lo indica— por tener esa capa.

    Los caballos de capa ruana tienen pelos de diferentes colores, predominando los blancos, distribuidos de forma uniforme entre otros pardos, rojos, grises, bayos o negros. De esta forma, hay diferentes capas ruanas, según sea la combinación de estos colores.

    Abajo encontraréis el audio original. He aquí la transcripción del relato:

Julio y el caballo Ruano

    ¡Hola! Buenas noches.

    Soy el hermano mayor de la abuelita Virginia… Lo mejor que hay en este mundo, de abuela, de hija, de madre, de todo. Os voy a contar una pequeñita historia.

    Cuando yo tenía 9 o 10 años nos trasladamos a vivir desde el centro de Sevilla a un pueblecito. Un pueblecito muy pequeño. Se llamaba Valencina de la Concepción. Y yo, cuando vi que en la nueva casa donde vivíamos había burros, cochinos, caballos, toros… !Toros, sí, toros! Abrí los ojos y dije:

    —Esto es lo mejor que le puede pasar a un niño de 10 años.

    La señora Reyes, que era la dueña, tenía dos nietos que eran mellizos y tenían un caballo que era bastante serio; no le gustaban los niños. Cuando mis hermanos entraban en la cuadra, el caballo enseñaba los dientes, relinchaba, levantaba las manos queriendo golpear… Mis hermanos le tenían pánico a ese caballo.

    Yo, por las noches, cogía un trozo de pan duro, me metía en la cuadra, le daba el pan, lo acariciaba, le hablaba y lo acariciaba mucho, mucho, mucho. Llegó un momento en que yo me atreví a entrar dentro de la zona de él, por debajo de unos troncos que impedían que se saliera. Y cuando yo entraba en la cuadra, el caballo agachaba las orejas y me miraba con los ojos desorbitados. Y me di cuenta que el caballo me quería.

    Entonces un día le dije a los mellizos:

    —¿Por qué no me dejáis montar a caballo para cuidar toros?

    —Chiquillo —dijeron— tú no sabes este caballo lo que es. En cuanto vea que te subes, va a liarse a dar coces y vas a caer al suelo a la primera.

    Ellos ignoraban que yo me había subido al caballo muchas veces en la cuadra, sin ponerle ninguna rienda ni ninguna silla de montar; como los indios, a pelo. Yo insistí, insistí, pero nada.

    Un día, el señor que cuidaba de los toros, que tenía otro caballo propio, tuvo un resfriado enorme, tosiendo y moqueando, y no podía salir. Además era invierno. Y los mellizos me dijeron:

    —Julio, ¿tú te atreverías a salir con los novillos al campo? Nosotros llevamos el burro.

    —Yo me atrevo —les dije— pero yo no quiero un burro. Yo quiero el caballo. —Que se llamaba Ruano.

    Ellos se miraron unos a otros y dijeron:

    —¿Te atreves a sacarlo de la cuadra con esta jáquima atada y que lo veamos?

    —Me atrevo a sacarlo de su cuadra suelto —dije yo—, y veréis como él me sigue.

    Y así hice. Abrí la puerta de la cuadra, salí al patio y el caballo me siguió. Ellos me dijeron:

    —Ponle una rienda y un bocado de freno. Se lo vamos a poner nosotros, y una silla campera de montar.

    —No —respondí—. Yo necesito una jáquima —que es una cuerda alrededor del morro del caballo— y no necesito silla de montar. Yo lo monto a pelo.

    —¡Pero estás loco!

    —¡Dejadme!

    Y así hice. Me monté al caballo a pelo, con la jáquima, sin bocado de castigo, sin riendas, y le di con las piernas en la barriga, con los talones, y el caballo empezó a andar, tranquilo, relajado. Nos fuimos a la era. En la era había novillos que no eran bravos del todo, pero sí tenían su parte de peligro.

Caballo ruano castaño. De la Wikipedia.

    Yo a los novillas ya los conocía, porque muchas veces les había llevado alfalfa, les había llenado la pileta de agua, y a mí no me daban miedo. Así que cogí mi vara larga, me subí en el caballo y me puse en la era a pastar con los novillos tranquilamente, sin ningún problema. El caballo comenzó a comer hierba al lado mío y yo me encontré un tebeo arrugado y viejo allí, en la era, me senté en una piedra y empecé a leer el tebeo. Cosa que yo nunca había tenido. Pero era emocionante; era de Jaimito, un cómico muy agradable y muy risueño. Y estando yo distraído leyendo el tebeo, de buenas a primeras, veo que Ruano se viene a mí, dando cabezadas, relinchando y levantándose de manos, enseñando los dientes.

    —Ruano ¿qué te pasa? —dije yo.

    Y es que un novillo se arrancaba corriendo en dirección a donde yo estaba sentado y no me daba tiempo a correr ni a hacer nada. Pero el caballo se interpuso en medio, levantando las patas delanteras, relinchando y enseñando los dientes. Y el novillo dio media vuelta y se fue con el resto de los novillos. Yo me quedé asombrado, porque a mí nunca me había embestido ninguno de esos toros estando en el campo. Cuando recogí a los novillos y los metí en el cercado, cogí a Ruano, me fui a la cuadra y les dije a los hermanos mellizos lo que me había pasado. Qué pasaba que aquel novillo se vino hacia mí y el caballo se interpuso para que no me corneara. Entonces me dijeron los hermanos que la culpa la tenían ellos porque ese novillo no era del rebaño de ellos. Era un novillo de un amigo que les había pedido por favor que lo llevara a pastar.

    Bueno, entonces yo vi que el caballo me quería y lo que hice fue intentar ganarme a ese novillo que no era de nuestra ganadería. Y poquito a poco, llevándole zanahoria, y hablándole, hablándole, y acariciándolo, acariciándolo,  se volvió como el resto de los novillos; jamás, jamás vino a mí para atacarme. Pero mi caballo Ruano, eso fue una maravilla. Fue, la verdad, la felicidad de mi infancia. Algo que jamás, jamás olvidaré.

    El día que nos fuimos otra vez a vivir a Sevilla yo lloré mucho. Pero mi caballo lloró también, porque me costó mucho despedirme de él. De hecho, cuando unos años después fui a visitar a la señora Reyes ya muy anciana, le dije que dónde estaba Ruano.

    —Ruano está ahora mismo en el prado —me dijo—, ya sin carga de trabajo. Está libre, suelto, pero ya no lo cargamos ni le hacemos cuidar a los novillos. Está tranquilo y está pasando una vejez suave, una vejez muy bonita. Si quieres acércate, que está en el prado.

    Yo ya era… Había cumplido 18 años; estaba en el ejército.

    —Me voy a acercar. —Pensaba— Pero no creo que me reconozca.

    Me acerqué a la verja y dije:

    —¡Ruano, Ruano!

    Levantó las orejas, me miró, empezó a escarbar con las patas, empezó a escarbar en la tierra y se vino hacia mí con las orejas gachas y dando cabezadas. ¡No me había olvidado! Sabía que Julio lo seguía queriendo.

    Ya no volví a verlo más, pero me llevé en el corazón una alegría inmensa, de ver a ese animal, que después de tantas horas y días de trabajo duro, estaba tranquilo en un prado para ser feliz.

    Muchos besitos. Quered mucho a la abuela y hasta otro día, queridos niños.

Enlace al audio original

Oculus domini saginat equum