martes, 29 de agosto de 2023

Dices tú de mili...

Queridos familiares:

    Que conste que me he resistido casi hasta el final del mes, pero la última entrada de Pedro ha abierto el melón: la mili, ese tema recurrente de los "baby boomers" [1] y abuelos cebolleta.

    Así que allá voy con alguno de mis recuerdos castrenses, empezando por la primera fase: el campamento.

    Como muchos estudiantes universitarios, tuve necesidad de solicitar prórroga de incorporación a filas por motivos de estudio. Cuando estaba ya en 4º de Biología solicité el ingreso en la IMEC [2], las llamadas comúnmente Milicias Universitarias, que permitían cierta compatibilidad con los estudios universitarios.

    A los de mi promoción de Sevilla nos tocó hacer el período de instrucción básica (3 meses) en el CIR nº 5, Cerro Muriano (Córdoba), en el verano de 1978, de julio a septiembre, con la fresquita.

Puerta de entrada del CIR nº 5, Cerro Muriano (Córdoba).

    Los compañeros de clase nos despidieron desde el andén de la Estación de Córdoba (hoy centro comercial Plaza de Armas). Tengo por algún sitio una foto, ya la pondré cuando la encuentre.

    El primer día en el campamento fue algo surrealista. Nos pusieron en fila y nos iban dando todo el equipo: ropa interior, botas, uniformes... Luego nos dieron tiempo libre para ponernos el uniforme y dar un paseo para una toma de contacto con el campamento.

    Como no conocíamos a casi nadie deambulábamos por el campamento como almas en pena, arrastrando las botas, con una música de fondo de Pink Floyd que no pegaba para nada.

    Los "imecos", como nos llamaban los reclutas de reemplazo, estábamos repartidos en pequeños grupos entre las diferentes compañías. Nuestro horario y el programa de instrucción eran mucho más duros que los del resto de reclutas.

Alumnos de IMEC, 3ª Sección, 12ª Compañía, agosto de 1978. El segundo por la izquierda de la fila inferior es el autor de estas líneas.

    A las tres de la tarde, tras la comida, mientras los reclutas de reemplazo sesteaban, nosotros teníamos pista americana: un invento del demonio de los marines americanos. Cuando asomábamos la cabeza fuera de la compañía, nos caía el plomo derretido del verano cordobés y había que aguantar si queríamos superar la fase de formación básica. 

    Los más gorditos se quedaban atascados en el foso y tenían que soportar los insultos y risas de los veteranos, soldados reenganchados que servían de auxiliares y nos tenían verdadera inquina, porque nuestro destino era ser sargentos o alféreces, empleos que ellos difícilmente podrían alcanzar como cabos chusqueros. Luego había que quitarse el polvo, limpiar las botas y pasar revista.

    Había dos filas de letrinas apartadas de las compañías. Una fila siempre limpia... Pero cerrada, con centinelas en la puerta. La otra abierta y realmente asquerosa. 

    Cuando llegaba el coronel a pasar revista le enseñaban las letrina impolutas mientras simulaban estar limpiando las otras con mangueras. 

    Imaginaos cómo eran los apretones después de intentar digerir el rancho: carrera de 200 m hasta las letrinas e ir mirando por debajo de las puertas alguna que estuviera algo más limpia (si te daba tiempo). Con una mano te sujetabas los pantalones y con la otra la gorra, pues te la podía robar algún gracioso por encima de la puerta. Algunos se arriesgaban a esconderse entre las encinas próximas. Todo muy marcial, muy bizarro, muy español...

    El almuerzo, muy cuartelero: comí más macarrones con tomate que en toda mi vida anterior. Y con ganas, claro, pues el ejercicio intenso lo requería.

    Al final de la tarde, los que tenían dinero salían a las cantinas que había a la salida del campamento, a cenar un bocadillo, medio pollo o una tortilla de patatas —¡Oh manjares soñados!—. Los demás: sopa boba, caldo cuartelero que daba más hambre de la que quitaba. Los domingos, tortilla de polvos de huevina con tropezones de patatas (duras y mal peladas), servidas en grandes bandejas de horno, medio hechas por un lado y medio quemadas por el otro.

    A nosotros, los imecos, nos daban muchas clases teóricas y prácticas de varios temas relacionados con la estructura de mandos, el armamento, táctica militar, etc.

    Pero, además, teníamos que fregar perolas y pelar patatas, como todos.

    Y todos, en general, tuvimos algunas prácticas de tiro con fusil (CETME) [3], gimnasia en formación y desfile por un tubo, para preparar la jura de bandera. 

    Y al final del campamento, la famosa jura:

—¿Jurais...?

—¡Sí, juramos! —O sí, nos vamos, que decían algunos.

    Y luego, venía el período de formación específica, en una academia del Ejército. Pero esa es otra historia.

Si vis pacem, para bellum

Notas:

[1] Los baby boomers son la cohorte demográfica que sigue a la generación silenciosa y que precede a la generación X. La generación se define generalmente como las personas nacidas entre 1946 y 1964, durante la explosión de natalidad posterior a la Segunda Guerra Mundial. Fuente: Wikipedia.

[2] IMEC: Instrucción Militar para la Escala de Complemento. Modalidad que existía para cumplir el servicio militar obligatorio en dos o tres fases. La parte práctica (6 meses) se hacía con el empleo de sargento o de alférez, según cualificación de las pruebas de acceso.

[3] CETME: fusil de asalto del Centro de Estudios Técnicos de Materiales Especiales. El nuestro era el modelo C-64, llamado coloquialmente el chopo, por tradición castrense. Calibre 7,62 mm. Cargador recto de 20 cartuchos. Diseñado en 1952 y aún en servicio en la Guardia Civil. En el Ejército fue sustituido en 1999 por el HK G36E del ejército alemán.

Fusil de asalto CETME, modelo C (1964). Foto: Wikipedia, de Ismael Olea - Trabajo propio, CC BY 4.0 

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